Hace más de 390 días que Alan Sosa (25) está viviendo en Tokio. Son unas 56 semanas, o 13 meses. No importa la cifra exacta, lo cuantificable es que arribó a Japón el 18 de enero de 2020 sin hablar una palabra de idioma y con planes un poco más acotados, de apenas seis semanas.

Alan es argentino, porteño y estudiante de ingeniería en sistemas. Ahorró durante todo el 2019 para conocer el lugar de sus sueños, Japón. “Siempre me atrajo la cultura nipona, el idioma, los paisajes y sus valores ancestrales. De hecho desde los siete años toco el Taiko (tambores japoneses)”, le cuenta a Infobae. Sin darle tantas vueltas y junto a otros amigos, se compró un pasaje para disfrutar de unas largas vacaciones.

El 17 de enero de 2020 voló desde Buenos Aires, hizo escala en la ciudad de México y finalmente arribó al aeropuerto de Tokio. “La pasamos increíble conociendo los lugares icónicos, viajando por todo el país desde Osaka hasta Hiroshima. Fue pleno disfrute, como lo habíamos deseado”, relata.

Alan en el templo Sensō ji donde va a rezar (@alan.sosa)Alan en el templo Sensō ji donde va a rezar (@alan.sosa)

Lo que siguió después es la historia más o menos común a muchos viajeros, la llegada del coronavirus frustró todos sus planes. “Tenía pasaje para volver a Buenos Aires el 31 de marzo de 2020, pero Aeroméxico me avisó de la cancelación de mi vuelo por el cierre de fronteras con la Argentina. Eso ocurrió varias veces. Los meses fueron pasando y me quedé varado sin volver a casa…”, relata. “No tenía plata para pagar otro boleto de repatriación, y tampoco me parece justo porque el boleto lo tengo abierto aún”.

Lo más llamativo es que 13 meses más tarde su vuelo sigue siendo reprogramado. “Ahora está todo cerrado por el rebrote, incluso las fronteras de Japón, por lo que no podría salir de la isla, por eso el pasaje que tenía para 2 de abril de 2020 fue suspendido hasta tiempo indeterminado”, dice un poco desmotivado.

En más de una ocasión el joven estuvo cerca de pagar precios astronómicos por un pasaje aéreo, pero ninguna opción les aseguraba la vuelta. “Los primeros meses fueron desesperantes, vine con solo dos mil dólares de ahorros”.

De kimono -al fondo, de oscuro- y con amigos (@alan.sosa)De kimono -al fondo, de oscuro- y con amigos (@alan.sosa)

Alan y su familia (desde Argentina) se comunicaron con el consulado argentino sin obtener una respuesta concreta, también con la aerolínea que le corresponde. “El pasaje sigue abierto, solo me hacen un reembolso en forma de voucher para usarlo cuando quiera… pero no puedo”, completa.

En Buenos Aires quedaron sus padres y su hermana, que lo ayudan enviándole algo de dinero, porque toda su plata se terminó en abril de 2020. “Es muy caro para nosotros vivir en Tokio”.

En este tiempo Alan se hizo amigos. Muchos japoneses lo fueron alojando y la prestaron lugares para vivir en los primeros tiempos, porque con su visa de turista -que ya fue renovada unas cuatro veces-, no puede trabajar en blanco para solventar la estadía. A eso se suma que no habla japonés con fluidez.

Un paseo con dos geishas (@alan.sosa)Un paseo con dos geishas (@alan.sosa)

No obstante, cuenta que en este tiempo hizo “de todo”. “Y de todo es cualquier changa que encontraba, desde ayudar con una mudanza a limpiar habitaciones. Todo sirvió para pagarme el hostel y la comida. Estando lejos de casa sin poder volver a veces sentía que me hundía de a poco y no sabía para dónde encarar. Pero gracias a muchas personas sigo de pie”.

A pesar de que aún no podría entablar una conversación, Alan aprendió a decir algo más que “arigato”, tanto como para lograr mantener una comunicación con los locales. Pudo adaptarse a las costumbres, al clima y cuando el tiempo lo permite sale a pasear por el barrio de Asakusa. “Hay un templo muy cerca del hostel donde me gusta ver cómo van a rezar. Es toda una ceremonia donde se pone en manifiesto lo respetuosos que son entre ellos, se nota desde cómo se peinan y visten con kimonos para cada evento. Eso me encanta de este país”.

Con uno de los muchos amigos japoneses que hizo este año (@alan.sosa)

Desde agosto -después de haber pasado de casa en casa-, vive en el hostel Sakura donde su madre le envía dinero desde Argentina para poder pagar el alojamiento. También busca trabajo en línea como programador o de lo que sea para poder tener dinero para sus comidas. “Como me vine de vacaciones no tengo ni la laptop para hacer programación. La gente que conocí me ayudó a armar un currículum en inglés y japonés para postularme a puestos libres durante este tiempo”, reconoce.

En Tokio, el aumento de casos de coronavirus en las últimas semanas volvió a poner en alerta sanitaria a la ciudad, algo que lo perjudica para trabajar. “Con una visa de estudiante podría hacer tareas hasta 25 horas semanales, pero está todo cerrado por las restricciones”, lamenta.

Navidad 2020 en Tokio. En su instagram escribió: "Estas son las personas que en poco tiempo se convierten en eternas”(@alan.sosa)Navidad 2020 en Tokio. En su instagram escribió: «Estas son las personas que en poco tiempo se convierten en eternas”(@alan.sosa)

-¿Te sentís un varado?

-Por un lado sí, porque no puedo volver a casa con el pasaje que tengo. Y tampoco puedo comprarme otro. Por otra parte no, porque estoy bastante adaptado a la vida. Me faltaría conseguir un trabajo y un lugar estable para vivir. Extraño a mi familia y mis amigos, aunque acá me hice un buen grupo porque son muy generosos conmigo.

-¿Te quedarías a vivir?

-Sí. Creo que después de tanto tiempo, a pesar del contexto, podría vivir en Japón. Estoy bastante adaptado. Los japoneses son abiertos y muy amables. Hice muchos amigos que no solo me ayudaron, sino que me abrieron las puertas de sus hogares y tradiciones.

infobae