Una oferta de ladrillos expuso el esfuerzo de Moncho para criar a tres hijos con discapacidad en Oberá

Moncho es el apodo de Ramón Martín Delgado (59). Nació con pie bott en ambas piernas el 13 de mayo de 1961 e inmediatamente -con tablas y masajes- su madre corrigió algo del derecho, pero no pudo con el izquierdo que al día de hoy continúa doblado hacia adentro provocando un andar doloroso.

Vive en Oberá, zona conocida como Picada Kleiven (cerca del complejo termal), a 150 metros de la ruta nacional 14, camino a Campo Viera.

En las últimas horas su apodo e historia cobraron relevancia en las redes sociales, pasando del Twitter al Facebook y recogiendo miles de comentarios y compartidos.

Es que pese a su problema motriz, Moncho hace un enorme esfuerzo para alimentar, escolarizar y vestir a los hijos que viven con él: Nélson (9), Matías (12) y Alejandra (15). Los tres con capacidades diferentes.

Si bien los chicos tienen el Certificado Único de Discapacidad (CUD) y cobran una pensión -además del salario familiar- el padre hace changas para poder cubrir todos los gastos, aunque muchas veces no alcanza.

En ese contexto complicado montó hace poco una pequeña olería donde fabrica ladrillos comunes a fuerza de hombros, porque no tiene otra forma de hacer girar el malacate. Lo ayuda su yerno con el corte.

Después los venden, logrando un pequeño resto económico que terminó siendo vital durante el aislamiento obligatorio decretado por la pandemia de coronavirus.

Pero las ventas últimamente no están bien y el producto apilado espera algún comprador.

Ese fue el foco del posteo viral. La preocupación de Moncho y una oferta de 1.000 ladrillos a $ 8.000 que expuso otras necesidades y despertó en miles de personas el deseo de darle una mano.

Educación, la prioridad

Metiéndonos un poco más en la vida de Moncho, supimos que espera con ansias una resolución del Juzgado de Familia 1 de Oberá por medio de la cual lograría la tenencia definitiva de los chicos. Es su anhelo.

En cuanto a las necesidades, una de las más urgentes está relacionada con la casa, de madera, vieja y bastante deteriorada.

Con el dinero de pensiones y salarios prioriza alimentación, educación y medicina, sobre todo para el niño de 9 años que padece una afección respiratoria y utiliza pañales. “No sobra para la casa”, dijo.

“Pago la cuota de la escuela especial (Aprendiendo a Ser) de los tres, remedios, pañales, la comida pensando en todo el mes y si sobra, elijo a uno de los chicos para comprarle un zapato o ropa. Si no alcanza ese mes le pido a Dios que al siguiente sobre un poquito para eso”, contó Moncho, reconociendo que se viste “gracias a las personas que me dan ropa cuando hago changas. Hace años que no compro algo para mí pero no importa porque mi prioridad son ellos y en un momento la casa será mejor”.

Si bien él no sabe leer ni escribir, entiende que la educación es clave. “Es importante que aprendan porque yo no sé y sufro mucho para hacer cualquier trámite. El día de mañana, cuando sean más grandes, si estudian se van a poder defender. Siempre les digo eso”, subrayó.

Pensando en ello paga $700 de internet y con un teléfono celular incentiva a sus hijos para que no se queden fuera del sistema de educación virtual, aunque con la ayuda de un vecino.

En épocas de clases presenciales espera toda la tarde en la escuela, acompañando al más chico, para atender en caso de que ocurra alguna situación en el marco de su discapacidad.

Impacto de la viralización

En la propiedad donde viven, a un costado de la olería planta verduras, mandioca, tiene gallinas ponedoras, patos y hasta un chancho. “Me ayuda mucho en la olla cuando no hay lo otro, a veces voy a los negocios para cambiar verduras por puchero o algo de carne”, contó.

Duerme junto al hijo de 9 en una cama pequeña, la nena de 15 en otra y el de 12, en un colchón sobre el piso. No tiene ropero. Sí un televisor, heladera y cocina a gas.

El piso de madera está cediendo y es otra de sus preocupaciones.

“Es viejo, porque la casita es vieja y nunca me sobró plata para arreglarla. Igual que el techo de la galería, que en cualquier momento se cae”, admitió con un poco de vergüenza.

El impacto de la viralización de su historia fue inmediato.

Decenas de personas de casi toda la provincia lo llamaron por los ladrillos y los que viven en zonas más lejanas prometieron ayudarlo de manera económica para mejorar la condición de su vivienda. Su número de teléfono es 3755-226822.

El Territorio

Por: Cristian Valdez

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